Ayer tuvimos una interesante tertulia entre varios amigos (cuando escribo «amigos» busco englobar todos los sexos, los impuestos naturalmente por la concepción y los escogidos por preferencia personal, sin prejuicios, simplemente por economía articular).
Aclarado este punto, el tema troncal de la tertulia fue, obviamente, la situación política de nuestro país.
En nuestro grupo hay posturas políticas diferentes, lo que es higiénico en si mismo al plantear puntos de vista no coincidentes. Si además añadimos el respeto a las opiniones de los demás y una mente abierta a cuestionarse los planteamientos propios, nuestras tertulias suelen ser, en mayoritaria opinión, muy enriquecedoras.
Alguno postulaba que Sánchez ha buscado la mejor solución posible para el país, pactando con sus ya socios, constituyendo una mayoría parlamentaria que era la única que permitiría un gobierno estable después del resultado electoral.
Otros argumentaban que, en estos momentos, todo indica que quien realmente va a gobernar en la sombra es Puigdemont, cuyos votos pueden tumbar cualquier acción parlamentaria del grupo del partido de Sánchez.
Alguno, más indignado de lo que acostumbra, algo contaminado por la crispación general de estos días, comparaba la situación a la de la película Braveheart, cuando los ingleses apresan a William Wallace y lo ejecutan salvajemente, poniendo la cara de Puigdemont en el verdugo y a Sánchez como Wallace.
En cualquier caso, todos coincidimos en un sentimiento común: el distanciamento sentido por nosotros de la clase política en general (con alguna honrosa excepción en ambos lados del hemiciclo parlamentario).
Lamentamos sentir que los políticos se han anclado como clase privilegiada y distante, arropada por la concesión popular a través de los votos de una categoría de ciudadano de oro. Esto les permite disfrutar de equipamiento de lujo para ejercer sus funciones (tabletas, teléfonos móviles de última generación, descuentos o exenciones en gasto de viajes, cafetería a precios de risa, dietas, etc).
Aquí era todo más discutible porque ninguno sabíamos con exactitud lo que un diputado o un ministro usa, pagado por todos nosotros, que constituya un privilegio inneceario y no una herramienta esencial para el ejercicio de sus funciones de representación popular o de administración del Estado.
Pero el sentir completo del grupo era el de «no siento que me representen adecuadamente». Los percibimos egoístas o ególatras, sin conexión directa con sus representados. Nos gobiernan o nos legislan, pero están en lo suyo, que desgraciadamente muy pocas veces coincide con lo nuestro.
Los políticos tienen que digerir bien este mensaje y modificar sus actitudes. Si no, la crispación por un lado y la indiferencia producto del agotamiento por el otro, nos llevarán a terrenos pantanosos que nadie busca ni quiere.
Esta fue la conclusión de la tertulia que los tertulianos concordamos. Siempre procuramos definir con una frase algo en lo que todos hayamos coincidido, porque nos anima a seguir reuniéndonos.