Cuando el agua te llega al cuello, no te preocupes: todavía puedes aprender a nadar. (Stanislaw Jercy Lec)


Hay gente que tiene una habilidad especial para convertir un contratiempo en una tragedia griega con banda sonora de violines. Los ves en las redes sociales, en las tertulias de café o frente a una pantalla de cotizaciones que se tiñe de rojo: se quedan paralizados, esperando que alguien baje a rescatarlos o que el nivel del agua baje por arte de magia.

La ironía de la asfixia

Stanisław Jerzy Lec vivió una vida interesante en la que el mundo cambiaba a su alrededor y según lo hacía, él era un comunista o un reaccionario. Sus convicciones se mantenían, pero las circunstnacias extenas lo etiquetaban según soplaban los vientos políticos.

Decía Lec, con esa mala uva tan propia de quien ha sobrevivido a casi todo en la Polonia del siglo XX, que el momento en que el agua te toca la barbilla no es el final de la película, sino el inicio del curso intensivo de natación.

Y tiene toda la razón.

Nos han vendido que la paz es vivir en una piscina de bolas, sin sobresaltos, pero la verdadera tranquilidad —esa que no se compra con ansiolíticos— nace de la certeza de saber que, si el agua sube, tú tienes pulmones y brazos para seguir flotando.

El esfuerzo como tabla de salvación

A veces, nos volvemos tan tecnológicos, tan dependientes del algoritmo y de la «respuesta correcta», que olvidamos que el esfuerzo más productivo es el que nace de la necesidad. No hay nada que despierte más el entusiasmo por la vida que descubrir que eres capaz de avanzar cuando todo el mundo te daba por hundido. Aprender a nadar cuando ya no haces pie no es una opción estética; es la máxima expresión de la inteligencia aplicada.

Pasión por el movimiento

Estar «con el agua al cuello» tiene un doble sentido maravilloso. Sí, es una situación crítica, pero también es el momento de máxima intensidad. Es cuando dejas de teorizar sobre la felicidad y empiezas a practicarla a base de brazadas. La pasión no es flotar a la deriva en un mar en calma; la pasión es la energía que generas cuando decides que no vas a ser tú quien alimente a los peces hoy.

La lógica del superviviente

Así que, si hoy sientes que la marea está subiendo más de la cuenta —ya sea por un mal trimestre, un proyecto que se tuerce o esa sensación general de que el mundo se ha vuelto loco—, no pierdas el tiempo midiendo la profundidad. Úsala a tu favor.

Mueve los brazos.

Siente la resistencia del agua.

Al final, la verdadera paz no es que el agua baje, sino saber que, por muy alta que llegue, tú ya has aprendido a no tragar ni una gota.

¡A nadar se ha dicho, que el horizonte sigue ahí!