Un forastero llega temprano en la mañana al pueblo, busca el único hotel rural que hay y pregunta si puede reservar las cinco habitaciones para todo el fin de semana. El dueño del hotel le pide un depósito de 200 euros para garantizar la reserva, reembolsables únicamente si se cancela la reserva ese mismo día. El forastero se los entrega y se va.
El dueño del hotel sale a ver al carnicero y le entrega los 200 euros que le debía de los últimos pedidos.
El carnicero visita al mecánico para pagarle los 200 euros que le debe de la última reparación de la furgoneta.
El mecánico entra en la tienda de muebles y le paga a la propietaria los 200 euros que le debía de los muebles de la casa desde hacía un par de meses.
La propietaria de la tienda de muebles se acerca al hotel rural y le paga al dueño los 200 euros que le debía por la fiesta de la comunión de su hija hace algunas semanas.
En eso llega el forastero y pide la devolución del depósito porque tiene que cancelar la reserva, prometiendo volver en uno o dos meses.
El dueño del hotel le entrega los 200 euros y el forastero se va, agradecido.
Y un pueblo endeudado ha dejado de serlo.