Me gusta el trabajo: me fascina. Me puedo quedar sentado mirándolo durante horas. (Oscar Wilde)

Hay una verdad incómoda en la cita de Wilde que a muchos nos gustaría ignorar: la capacidad humana de convertir el esfuerzo en un espectáculo para terceros.

Nos compramos zapatillas de running de última generación para colgarlas en el armario, suscribimos a gimnasios que solo frecuentamos en enero y llenamos estanterías de libros de autoayuda que leemos con los ojos cerrados.

Confesemoslo: nos encanta la idea del trabajo.

Nos resulta poética, incluso romántica.

Es ese objeto lejano, noble y brilloso que admiramos desde la comodidad del sofá, como si fuera una escultura en un museo. «Mira qué bien trabaja ese hombre», decimos, mientras engullimos palomitas, esperando que la virtud se nos pegue por ósmosis.

Pero aquí es donde la ironía de Wilde choca con la realidad. Porque el trabajo, el de verdad, no se mira.

Se sangra.

La paz y la felicidad no se encuentran en la contemplación pasiva del esfuerzo ajeno, ni en la planificación obsesiva de metas que nunca cumplimos. Esa es la paz del estanque estancado, que parece quieta pero en realidad está podrida.

La verdadera paz, esa que te deja dormir a pierna suelta, surge cuando dejas de ser espectador de tu propia vida. Cuando aceptas que la pasión no es un rayo que te cae del cielo, sino el fuego que tú mismo enciendes con la leña de tu propia tozudez.

El esfuerzo no es un castigo divino ni una moda pasajera. Es el único idioma que la vida entiende sin traductor. Y es curioso, porque cuando finalmente te levantas del sofá y dejas de «mirar» el trabajo para meterte en él de lleno, ocurre algo mágico: el esfuerzo deja de ser doloroso.

El entusiasmo no nace de la comodidad, nace del impacto.

De sentir que estás vivo porque te duelen los músculos y te pide la cabeza a gritos que pares, pero tú sigues, porque hay una satisfacción brutal en la resistencia.

Así que, siéntate a mirar el trabajo si quieres.

Pero no te engañes.

La felicidad no está en la butaca, sino en el escenario. Y para llegar hasta ahí, lamentablemente, hay que dejar de fascinarse y empezar a transpirarse.


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