Qué pena que la juventud se desperdicie en los jóvenes – George Bernard Shaw

Decía George Bernard Shaw que la juventud es una cosa maravillosa, pero que es un crimen dársela a quienes no saben qué narices hacer con ella. Y tenía razón, aunque a medias. Porque si miramos a nuestro alrededor, y especialmente si echamos un ojo a cómo se mueven hoy ciertos hilos —desde los parqués financieros hasta las mesas de las terrazas—, nos daremos cuenta de que el verdadero desperdicio no es cronológico, sino de actitud.

El entusiasmo como deporte de riesgo

Parece que hoy en día, para estar «de vuelta de todo», hay que nacer ya cansado. Se lleva el cinismo barato, ese que confunde la lucidez con la desgana. Pero fíjate en la ironía: los que más critican el esfuerzo suelen ser los que más energía gastan quejándose de que el mundo no les rinde pleitesía por el simple hecho de existir.

La frase de Shaw tiene trampa. El «crimen» no es cumplir años, sino dejar que el entusiasmo se nos oxide por miedo a parecer ingenuos. A menudo veo a gente de veinte años que son jubilados mentales, esperando que el algoritmo les solucione la existencia, mientras que conozco a «veteranos» de mil batallas cuya pasión por un nuevo proyecto tiene la fuerza de un tsunami.

La paz del que todavía rema

Nos han vendido que la felicidad es una hamaca y un cóctel con sombrilla. Qué aburrimiento.

La verdadera paz, esa que te deja el espíritu en orden al final del día, no viene de la inactividad.

Viene de la satisfacción eléctrica de haber puesto toda la carne en el asador, de haber sudado la camiseta por una idea, por un valor o por un mercado que, a veces, se empeña en llevarnos la contraria.

El doble sentido de la madurez

Desperdiciar la juventud es un error; pero desperdiciar la experiencia por falta de ganas es un pecado mortal.

La madurez no debería ser el momento en que nos sentamos a verlas venir, sino el momento en que, por fin, sabemos dónde golpear el martillo para que la campana suene de verdad.

Así que, querido lector, lectora, lectore, lectori e incluso lectoru, si hoy te sientes cansado, que sea por haber corrido detrás de un sueño (o, para los traders que me siguen, de un buen cierre de sesión), y no por el peso de una apatía que no te pertenece.

Porque la juventud, al final del día, no es un carné de identidad, sino ese fuego que algunos locos —pocos, afortunadamente para el resto— nos negamos a apagar.

Que la suerte te pille con el pulso acelerado.

O, al menos, con el ingenio afilado.

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