Hoy es 14 de febrero de 2026, San Valentín, o como lo llamamos en muchos sitios, el Día de los Enamorados.
Y aquí estoy, sentado frente al teclado, pensando en cómo demonios se ha convertido una ejecución romana del siglo III en una excusa global para regalar rosas, bombones y mensajes que a veces suenan más a copy-paste que a sentimiento genuino.
La historia real, la que cuenta National Geographic con ese rigor que nos gusta a los que preferimos hechos antes que cuentos de hadas, es bastante más cruda que la postal romántica que nos venden.
San Valentín (o Valentín, sin el «San» de momento) era un sacerdote en la Roma del emperador Claudio II el Gótico, allá por el año 269 d.C. El emperador había decidido que los solteros rendían mejor en el ejército —nada de ataduras emocionales, que distraen— y prohibió los matrimonios a los jóvenes. Valentín, que no era de los que se callan ante una injusticia, siguió celebrando bodas secretas. Lo pillaron, lo metieron en una mazmorra y, tras un juicio rápido, lo ejecutaron el 14 de febrero: primero a palos (o lapidación) y luego decapitación para rematar, por si acaso.
Hay una leyenda bonita en medio de tanta sangre: en prisión, Valentín habría devuelto la vista a Julia, la hija ciega del carcelero, y se enamoró de ella. Antes de morir, le escribió una nota de despedida que firmó algo así como «De tu Valentín». De ahí vendría el famoso «From your Valentine» de las tarjetas modernas.
¿Verdad o romanticismo posterior? Probablemente lo segundo, pero reconozcamos que es una buena historia.
La fiesta tiene raíces paganas más antiguas.
Los romanos celebraban las Lupercales el 15 de febrero: sacrificios de cabras, azotes rituales a las mujeres con tiras de piel para «favorecer la fertilidad», y un sorteo donde los jóvenes sacaban nombres de chicas para emparejarse (a veces temporalmente, a veces para siempre).
Cuando el cristianismo se impuso, la Iglesia, lista como siempre para reciclar tradiciones, colocó el martirio de Valentín justo en esa fecha cercana y lo cristianizó. En 494, el papa Gelasio I lo oficializó. Curiosamente, en 1969, tras el Concilio Vaticano II, lo quitaron del calendario litúrgico oficial por las dudas sobre su historicidad y las raíces paganas. Hoy el 14 de febrero es de los santos Cirilo y Metodio, pero a nadie le importa: el marketing ganó por goleada.
Y hablando de marketing… en España no celebrábamos San Valentín de forma masiva hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Fue en 1948 cuando el gran periodista César González-Ruano, y el empresario Pepín Fernández (el de Galerías Preciados) decidieron importar la costumbre anglosajona. Empezaron a poner anuncios en prensa: flores, perfumes, cenas románticas. Lo que empezó como una idea para mover el comercio post-Navidad se convirtió en tradición. Hoy es una industria multimillonaria. Rosas de Ecuador, bombones belgas, cenas con velas y postres en forma de corazón. Todo muy bonito… y todo muy caro.
Pero dejemos la historia y hablemos de lo humano, que al final es lo que cuenta.
San Valentín, con sus 1.700 años a cuestas, nos recuerda que el amor siempre ha sido rebelde. En el siglo III era rebelde casar a la gente cuando el emperador lo prohibía. Hoy es rebelde querer a alguien de verdad en medio de tanto ruido digital, likes efímeros y relaciones que caducan más rápido que un yogur abierto. El amor de verdad no cabe en una story de 24 horas ni en un emoji de corazón rojo. Se construye en las cosas pequeñas y poco instagrameables: en quedarse callado cuando el otro necesita silencio, en hacer la compra cuando el otro llega reventado, en disculparse sin poner excusas y en seguir eligiendo a la misma persona aunque ya conozcas todos sus defectos (y al revés).
Así que hoy, 14 de febrero, no hace falta que compres el ramo más caro ni reserves mesa en el restaurante de moda.
Si quieres homenajear a San Valentín de verdad, haz algo simple pero real: escribe un mensaje sin copiarlo de internet, mira a los ojos a quien quieres y dile algo que no suene a frase hecha.
O si estás solo (y no pasa nada por estarlo), date un capricho a ti mismo. Porque el amor, el de verdad, empieza por uno mismo.
Feliz San Valentín. Que el tuyo sea menos comercial y más humano.
Ramón Morell
14 de febrero de 2026
