“Hacerse el sueco”: la estrategia ancestral (y moderna) de la indiferencia civilizada

Si alguna vez has querido esquivar una responsabilidad sin remordimientos —o sin que te lo imputen directamente— probablemente ya hayas presenciado en vivo y en directo el arte de hacerse el sueco. Esta expresión, tan española como mirar al infinito cuando alguien te asigna una tarea, significa fingir que no entiendes, que no oyes o que no te has enterado de nada, todo con el noble objetivo de no tener que hacerlo.

Pero antes de seguir, vale la pena preguntarse: ¿de dónde viene esta frase tan nuestra? Porque, aunque suena a estereotipo nórdico, lo cierto es que su origen es más complicado (y más curioso) de lo que pensamos.

Un dicho con varias teorías de nacimiento

La explicación más extendida en la cultura popular vincula este dicho a marineros suecos que llegaban a puertos españoles y —sin dominar el idioma— parecían ignorar selectivamente lo que se les decía, quedándose con lo que les convenía o, directamente, entendiendo nada. De ahí que se asociase pretender no entender con “hacer el sueco”.

Sin embargo, los lingüistas clásicos —como el lexicógrafo José María Iribarren— ofrecen una interpretación radicalmente diferente: la frase no vendría de Suecia ni de sus habitantes, sino de la palabra latina soccus, que designaba un calzado ligero que usaban los actores cómicos en el teatro romano. De soccus derivaron términos como zueco y zoquete, éste último usado en español para referirse a alguien torpe o despistado. Según esta teoría, hacerse el sueco equivaldría a hacerse el torpe, el que no entiende (a sabiendas), y no a imitar a un nacional concreto.

Por si esto fuera poco, hay hasta hipótesis que conectan la expresión con variantes francesas que significan “hacer oído sordo”, o con otras anécdotas históricas menores. Lo que está claro es que la relación con Suecia es, a lo sumo, metafórica, y la frase lleva ya siglos en uso en nuestro idioma.


1. Se hace el sueco en la oficina

Imagina la típica reunión de equipo. Metas, objetivos, KPI, y al final alguien pregunta quién actualiza ese informe que “es urgente”. Justo ahí, ese colega —el que tiene una habilidad prodigiosa para mirar fijamente un punto en el techo— ya está haciendo el sueco. No ha oído nada, no comprende, no recuerda…
Es arte performativo. Un microteatro del despiste aplicado al management.


2. Se hace el sueco en casa

Hay tareas domésticas que no se autogestionan. Las rosas no se riegan solas, el reciclaje no salta a la calle por arte de magia, y los platos no se lavan a distancia. Preguntas amablemente “¿Puedes sacar la basura?” y, de pronto, tu interlocutor presenta niveles de atención comparables a un monje zen en meditación profunda.
Felicidades. Estás presenciando una clase magistral de hacerse el sueco con cero culpa y máxima eficacia social.


3. Se hace el sueco en redes sociales

Incluso en WhatsApp, Instagram o Slack, esta figura tiene su versión digital: cuando mencionas algo incómodo y nadie responde, no es confusión… es estrategia colectiva de evasión. Como si la banda sonora de todos fuese un coro de “¿Qué dijiste? ¿No te he oído”. Una elegancia pasiva que define nuestra era de notificaciones infinitas.


4. La ironía no está en el sueco, sino en nosotros

En realidad, el talento de hacerse el sueco no consiste en ignorancia, sino en seleccionar cuidadosamente cuándo y cómo ignorar. No es un fallo de percepción ni un defecto auditivo: es una decisión social consciente. Como muchas expresiones idiomáticas, encierra una verdad humana universal —la evitación de la responsabilidad— bajo un complejo manto de historia, teatro y malentendidos lingüísticos.

Curiosamente, esta expresión ha llegado incluso a irritar a quienes supuestamente la inspiran. La Embajada de Suecia en España ha propuesto recientemente resignificarla de manera positiva —por ejemplo, para aludir a actitudes responsables con el medio ambiente— argumentando que la imagen tradicional de “indiferencia sueca” no representa a su sociedad actual.


Conclusión

La próxima vez que tú, tu colega o tu cuñado se ponga a contemplar un punto fijo cuando llega el momento incómodo de cumplir con un compromiso, recuerda: no están siendo suecos, están siendo deliberadamente humanos.
Y tal vez, si seguimos resignificando nuestras expresiones, algún día hacerse el sueco deje de ser sinónimo de escapismo para convertirse en una celebración de responsabilidad (eso sí, con ironía incluida).

Signature: Y2L1agSiAg73Q/1e2T3sI2hUXGZUHkZREfMw7ZGsBvDPO6/7/9BCHIhe3Xe44r6bjW4W7y4ysZ2V9WLeITs37Z/qkz1eAz1vLy9gebr3HkxIsTie+S4S7T0nZ54xGFwi8cKSrVgQ1KyrgO8D1M0ISQCXp7LF/S3Cv60ZQZNC0WdoZPzHIBMPkL1A5GDigorPgLskKwSVyNXRYu0QreKk4Xm5JBSfo1KdPNyAYHotN6Lj3lfz5u/O0J9uzgSOSCEyZoJD0sVfQmNAElAF13CKeJK4NAf1sM3QxeS1FbTUQjg=

Deja un comentario