Mi buen amigo Dimas (¡sí!, así le pusieron sus padres, increíble, ¿verdad?) me escribió en un email anoche esta nota:
Este martes pasado me desperté a las 5:17 porque el perroo decidió salir pitando a la terraza a espantar a una paloma que estaba buscando alimento entre las plantas que tengo. Me levanté, tropecé con la butaca, derramé la mitad del café en la camiseta de ayer y me reí solo en la cocina oscura, mirando el incipiente amanecer.
Y pensé: si esto no es la vida, que baje Dios y lo vea.
Porque la vida es demasiado importante, sí. Pero precisamente por eso no merece la pena tomarla en serio todo el rato.
Nos pasamos los días midiendo cada paso, cada euro, cada palabra, cada gesto… como si fuéramos a ser juzgados al final por un tribunal de señores muy serios con toga y corbata. Y mientras tanto se nos escapa el olor del café recién hecho, la risa tonta de un niño que pasa corriendo, el sol que entra justo por esa rendija de la persiana que nunca arreglamos o la cálida mirada de tu pareja.
En mi vida he perdido oportunidades profesionales por serio. He dejado de hablar a gente que quería, por serio. He dejado de bailar en las bodas porque “quedaba mal”, por serio. Hasta que un día me miré al espejo y vi a un tipo con cara de funeral que aún no se había muerto.
Entonces empecé a hacer el tonto otra vez. A comprar flores sin motivo. A cantar en la ducha desafinando como un loco. A brindar con agua del grifo porque “hoy toca”. A escribir posts a las tantas sin importarme si mañana alguien me dice que “no es profesional”.
Y descubrí que cuando dejas de tomarte tan en serio, la vida se toma la molestia de sorprenderte.
Así que hoy te dejo permiso oficial (firmado por mí, que no valgo nada, pero vale todo): ríe fuerte en el supermercado, llora si te sale del alma viendo una peli mala, abraza más tiempo del socialmente aceptable, y si te caes, quédate un segundo más en el suelo mirando las nubes… total, nadie te está cronometrando.
Porque la vida es demasiado importante, amigo mío. Y por eso mismo no hay tiempo para ir de funeral en vida.
Ramón, un abrazo de los que duran tres segundos de más.
¿Qué le contesto a Dimas?